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lunes, 7 de septiembre de 2020

Martín Villa, el franquismo que transitó a la democracia y nunca rindió cuentas

El exministro de Arias Navarro y Suárez ha sido interrogado por una jueza argentina por crímenes de lesa humanidad, en la única causa judicial que esquiva el blindaje en España para los crímenes cometidos en la dictadura y la Transición

CONMEMORACIÓN 18 DE JULIO: Barcelona, 18-7-1974.- Celebración de una misa y diversos actos en las Reales Atarazanas de Barcelona en conmemoración del 18 de Julio. En la imagen, el presidente de la Diputación de Barcelona, Juan Antonio Samaranch, junto al gobernador civil de Barcelona, Rodolfo Martín Villa. EFE 

Es uno de esos niños de la guerra que no tuvo que emigrar. Es uno de esos chavales que no vieron al partir al exilio por última vez la sierra de Aitana. Rodolfo Martín Villa nació en 1934 (Santa María del Páramo, León) y es un ejemplo del franquismo que transitó a la democracia: fue uno de los actores principales de la jerarquía política del momento y nunca rindió cuentas. Como tantos banqueros, ex ministros, jueces, empresarios, militares, policías torturadores, gobernadores civiles... Una élite política y económica de un régimen que moría, que se reinventó, siguió dominando los resortes de poder del país, y en cuya cúpula estaba el propio rey Juan Carlos. En el caso del ex ministro de Gobernación, no llegó a examinarse judicialmente de su papel al frente de la policía aún franquista durante la represión de huelgas y manifestaciones en la Transición. Pero sí lo ha hecho este jueves ante la Justicia argentina y por decisión propia. "La Transición fue lo contrario a un genocidio", ha declarado en su defensa el único de los acusados que ha comparecido –desde la embajada argentina en España– de la veintena que investigaba la jueza María Servini desde hace seis años.

Martín Villa se licenció como ingeniero en 1962, cuando los títulos universitarios eran un lujo al alcance de muy pocos. Y ya entonces era jefe del Sindicato de Estudiantes Universitario, el falangista SEU, inspirado por José Antonio Primo de Rivera a imagen y semejanza del modelo fascista italiano. Llegó a vicepresidente del Gobierno ya en democracia, procurador en Cortes –primero– y diputado en varias legislaturas –después– y, como suele corresponder con políticos de su linaje, ha presidido grandes empresas tras décadas en la política, como Endesa (1997-2002) y Sogecable (2004-2010), además de haber sido, entre una y otra, comisionado para la catástrofe del Prestige (2003), nombrado por José María Aznar.

Martín Villa medró en el régimen vistiendo la camisa azul, como muchos otros "jóvenes reformistas provenientes del franquismo" como se autodenomina, incluido su amigo Adolfo Suárez, quien era ministro del Movimiento (la Falange) antes de convertirse en presidente del Gobierno. De la misma quinta, de Castilla y León los dos. Falangistas ambos, protagonistas de una Transición a la democracia que reinstauró las libertades a cambio de blindar la monarquía y los crímenes del régimen en el que se criaron y al que sirvieron.

Martín Villa llegó a la jefatura del sindicato de estudiantes falangista al tiempo en que se celebraba en Múnich en 1962 el llamado "contubernio", que reunió a un amplio abanico de familias políticas opuestas al régimen, incluidas las monárquicas, que aspiraban a un cambio en España. Pero él no estaba ni por el cambio ni en Múnich, Martín Villa se acercaba al Gobierno de tecnócratas que acaba de nombrar Franco al tiempo que se convertía en procurador en Cortes (diputado) en 1964, con 30 años.

Gracias a ello, en 1966 fue nombrado director general en el Ministerio de Industria. Tres años antes, en 1963, había sido ejecutado el comunista Julián Grimau tras ser torturado en esa Dirección General de Seguridad en los sótanos de la puerta del Sol que Martín Villa nunca llegó a disolver: echó el cierre en mayo de 1979, un mes después de que dejara el ministerio del Interior.

En 1965, Agustín García Calvo, Enrique Tierno Galván y José Luis López Arangunen, entre otros profesores, habían sido separados de la universidad por su apoyo al movimiento estudiantil. Pero ni Martín Villa ni su SEU tenían nada que ver con ese movimiento estudiantil. Y, por eso, siguió medrando, y en 1969, un año después del asesinato por ETA de Melitón Manzanas, accedió a la secretaría general de la Organización Sindical Española, lo que le catapultó a ingresar en el Consejo del Reino jurando de rodillas ante Franco y un crucifijo con el uniforme falangista. El Consejo del Reino era un órgano consultivo del dictador quien, ese mismo año, nombró a Juan Carlos I como su sucesor en la jefatura del Estado.

En el palacio de El Pardo, bajo la presidencia del dictador, Francisco Franco, ceremonia del juramento de los nuevos miembros del Consejo del Reino. En la imagen, Rodolfo Martín Villa en el momento de la jura ante el presidente de este organismo, Alejandro Rodríguez de Valcárcel. A la izquierda, Monseñor Cantero Cuadrado. En segundo plano, los jefes de las Casas Civil y Militar del Jefe del Estado, conde de Casa Loja y Fernando Fuertes de Villavicencio. El Pardo (Madrid), 1 de diciembre de 1971.

Ya con 40 años, en 1974, fue nombrado gobernador civil y, siempre con la camisa azul y el brazo en alto, jefe provincial del Movimiento de Barcelona. En 1975, un año más tarde, entra en el Gobierno de Arias Navarro como ministro de Relaciones Sindicales: dos años antes había entrado en la cárcel la dirección de Comisiones Obreras, precisamente por realizar actividades sindicales, en el llamado proceso 1001.

ETA había matado a Carrero Blanco en 1973, y Franco y su régimen agonizaban. El 20 de noviembre de 1975 fallecía el dictador en la cama no sin antes haber firmado ejecuciones como las de Puig Antich (1974) y, al alba, las de dos miembros de ETA y tres del FRAP (1975). Franco moría matando y, mientras Portugal hacía su revolución de los claveles, Martín Villa se apuntaba al Gobierno Arias, el del franquismo sin Franco.

Pero ese franquismo sin Franco no encajaba ni en la sociedad española ni en el contexto internacional, que empujaban a un modelo de país diferente a los principios fundamentales del régimen que habían jurado el jefe del Estado, el rey Juan Carlos, y sus ministros. Juan Carlos destituye a Arias Navarro, que es relevado por Adolfo Suárez, quien forma un Gobierno de penenes –profesor no numerario– en el que no participan quienes se habían creído llamados a presidir el Gobierno –Manuel Fraga, por ejemplo– y en el que Martín Villa se convierte, ni más ni menos, que en ministro de Gobernación –posteriormente de Interior– del Ejecutivo que propició el harakiri de las Cortes franquistas con la ley de reforma política de noviembre de 1976, aquel paso "de la ley a la ley", de "la reforma y no la ruptura" que desembocó en las elecciones de junio de 1977 y la Constitución de diciembre de 1978.

Martín Villa se convierte en ministro de Gobernación en julio de 1976. Pero seis meses antes, se producía la masacre de Vitoria del 3 de marzo de 1976, uno de los casos en los que está siendo investigado Martín Villa por crímenes contra la humanidad durante la Transición española. La justicia argentina imputa la participación del exministro en Vitoria, en la que cinco obreros murieron por disparos de la Policía Armada en una iglesia previamente "gaseada". La represión contra los trabajadores dejó más de 100 personas heridas, la mayoría por armas de fuego. Martín Villa era ministro de Relaciones Sindicales, por lo que no era responsable directo de la policía, pero participó junto a Adolfo Suárez –ministro interino de Gobernación por viaje oficial de Manuel Fraga a Alemania– y Alfonso Osorio –ministro de la Presidencia– en la decisión de enviar refuerzos y en que un mando único dirija el operativo. "Nosotros nos reunimos cuando empezaron a llegar las primeras noticias de fallecidos, y lo que nosotros conseguimos", dice Martín Villa en su declaración, "fue que no se decretara el estado de sitio".

Pero no son los únicos casos por lo que la jueza María Servini pregunta a Martín Villa. También por el asesinato por parte de los llamados Guerrilleros de Cristo Rey de una mujer en Santurce –9 de julio de 1976–, en tanto que la denuncia recoge que el grupo ultraderechista estaba "protegido por la policía". Una policía a cuyo mando estaba el recién nombrado ministro de Gobernación Martín Villa y que detuvo en diciembre de ese año al secretario general del PCE, Santiago Carrillo, que había entrado a España con una célebre peluca. En abril de 1977 el PCE quedaría legalizado.

El ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, sonríe ante un comentario del ex dirigente comunista Santiago Carrillo, tras recuperar éste la supuesta peluca que llevaba cuando fue detenido en diciembre de 1976 (después de entrar clandestinamente en España) que le fue entregada por el entonces ministro de la Gobernación, Rodolfo Martín Villa. Carrillo dudaba de que esa peluca fuera la misma.

De 1976 también se investiga a Martín Villa por una muerte por disparos de la Guardia Civil, en septiembre en Hondarribia (Guipúzcoa). Y, ya en 1977, el asesinato por parte de un ultraderechista en Madrid de un manifestante proamnistía el 23 de enero de 1977, la víspera de la matanza de Atocha, perpetrada también por ultraderechistas.

También de 1977 son las muertes en Rentería de una persona que paseaba y le alcanzó un disparo de un guardia civil; otra muerte por disparo policial dos días después, el 14 de mayo, en Pamplona y, al día siguiente, la de un manifestante a manos de la policía en Bilbao, durante la semana proamnistía de mayo de 1977, un mes antes de las primeras elecciones de la reinstauración democrática y de que Martín Villa entregara la condecoración al mérito policial al torturador Antonio González Pacheco, Billy el Niño, quien desde entonces –13 de junio de 1977– se benefició de un incremento salarial del 15% “en atención a sus méritos” y “para premiar servicios de carácter extraordinario”.

Los Sanfermines del 78 viven uno de los episodios más violentos de represión policial durante la Transición Española. El detonante es el despliegue de una pancarta en favor de la amnistía total. Un estudiante recibe un tiro en la frente, y hay más de 150 heridos. Los incidentes se extienden por la ciudad, y de Pamplona, al resto de Navarra y Euskadi. Otro joven cae asesinado días después en Donostia.

Martín Villa, en estos casos, estaba a cargo de las fuerzas de Seguridad del Estado como ministro de Gobernación o del Interior. Servini busca conocer si los asesinatos están enmarcados en "hechos puntuales" o son delitos cometidos en España entre 1936 y 1977 "en el marco de un decidido plan de ataque sistemático y preconcebido para eliminar a todo oponente político". Los crímenes de lesa humanidad imputados al exministro son sancionables "con las penas de reclusión o prisión perpetua" según la legislación argentina.

El que fue ministro durante el franquismo y la Transición reconoce que se cometieron lo que califica como graves errores, y admite que hubo comportamientos policiales contrarios al respeto a los derechos de las personas y por tanto es legítimo reclamar una reparación justa. Sin embargo, no está de acuerdo en que este proceso judicial persiga ese fin. Y rechaza de plano la idea de que lo sucedido en Vitoria pueda enmarcarse en un contexto de genocidio y crímenes de lesa humanidad. Martín Villa se desmarca de los policías y guardias civiles cuyos disparos causaron las muertes de varias personas, y defiende que cuando se planteó si él podía ser responsable político de determinadas acciones policiales o merecía ser reprobado políticamente las Cámaras surgidas de las elecciones de 1977 lo rechazaron.

Ninguno de esos 12 homicidios por los que está siendo investigado Martín Villa por la justicia argentina ni condecorar a comisarios torturadores pasaban factura al ministro en aquellos años. Bien al contrario, cuando cayó Adolfo Suárez por las luchas fratricidas de la UCD, Martín Villa sale de nuevo catapultado hasta la vicepresidencia primera con Leopoldo Calvo Sotelo tras el 23F. Dos décadas después de llegar a la jefatura del sindicato universitario fascista alcanzaba la vicepresidencia del Gobierno de la España democrática tras el tránsito por los gobiernos postfranquistas preconstitucionales.

Martín Villa recibió en 2017 de manos del rey Felipe la medalla por participar en las primeras Cortes de la reinstauración democrática, en junio de 1977, las que alumbraron los pacto de La Moncloa, la Constitución de diciembre de 1978 y la ley de amnistía que vació las cárceles de represaliados y blindó los crímenes franquistas.

Martín Villa recibe la medalla de manos del rey en reconocimiento a las Cortes de 1977, en junio de 2017.

Una ley de amnistía que defiende Martín Villa en su declaración ante a jueza Servini y que rechaza que sea una ley de punto final. En el debate del 14 de octubre de 1977, se expresaba así en la tribuna del Congreso el aquel día portavoz del PCE Marcelino Camacho, quien había conocido las cárceles franquistas: "Como reparación de injusticias cometidas a lo largo de estos cuarenta años de dictadura, la amnistía es una política nacional y democrática, la única consecuente que puede cerrar ese pasado de guerras civiles y de cruzadas. Nosotros, precisamente, los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Nosotros estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de la libertad, en esa vía de la paz y del progreso".

Sin embargo, en las 20 páginas que empleó Pablo de Greiff, relator especial de la ONU, para resumir su análisis sobre las medidas adoptadas por el Gobierno español frente a las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la Guerra Civil y la dictadura franquista, la conclusión principal es que España hace poco (y en ocasiones, mal) por la búsqueda de la verdad y la justicia sobre estos hechos, y por la reparación a las víctimas.

En la ley de Amnistía, precisamente, es donde se observan mayores déficits: se erige como el principal obstáculo en la búsqueda de justicia, ya que los casos se archivan "sin que los jueces siquiera conozcan los hechos". Pablo de Greiff entiende que la norma en sí misma no impide la apertura de causas, sino que son las "interpretaciones restrictivas" –tanto de esta ley como de los principios de no retroactividad o de seguridad jurídica, o de la aplicación de la norma más favorable o la prescripción de los delitos– las que dificultan la investigación de los delitos.

Con la implosión de UCD tras las elecciones de 1982 que encumbraron al PSOE de Felipe González con una mayoría absoluta nunca repetida se produce un relevo de las élites políticas, y Martín Villa pasa a un segundo plano político: transita por el PDP de Óscar Alzaga hasta ingresar en el PP en enero de 1989 y encadenar dos legislaturas y parte de una tercera como diputado, que abandonó para presidir Endesa en 1997, colocado por el recién elegido presidente del Gobierno, José María Aznar.

Allí permaneció hasta que en 2002 otro referente económico del PP de la época, Manuel Pizarro, le sustituyó y acomodó como presidente de la Fundación Endesa. Duró poco en ese retiro: en 2003 Aznar le encomendó el comisionado de la catástrofe del Prestige y, en 2004, accedió a la presidencia de Sogecable, donde permaneció hasta 2010.

Martín Villa es una figura paradigmática de la historia reciente de España: nacido en el bando de los vencedores de la Guerra Civil se mantiene fiel al régimen hasta que muere el dictador, levantando el brazo y vistiendo la camisa azul hasta la víspera de convertirse a la democracia, de la que sacó provecho político y económico. Como dicen quienes le están defendiendo estos días, es una "figura clave" de la Transición. Y es verdad, él estaba allí, en las reuniones, en las camarillas, en los círculos de poder lampedusianos que cambiaron para seguir mandando. Y, sobre todo, no rendir cuentas por nada de lo que pasó en cuatro décadas de dictadura.

Martín Villa es la imagen del franquismo que se hizo demócrata, y en ese hacerse demócrata propició el tránsito a la legalización de los partidos, los sindicatos, el fin del exilio y la reinstauración de una democracia constitucional que, 40 años después, aún tiene a miles de personas en las cunetas mientras verdugos y torturadores nunca fueron perseguidos y, en algunos casos, han disfrutado de impunidad hasta el final de sus días.

Tomado de: eldiario.es 

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Publicado: Por: ancilo59 - septiembre 07, 2020

La joven violada ante sus padres y otras decenas de nuevos crímenes franquistas que buscan justicia a través de Argentina

Un total de 388 casos de víctimas de desaparición forzada, deportados a Mauthausen, esclavos del franquismo o torturados por Billy el Niño, se suman a la querella argentina desde el Consulado en Barcelona
 
Expectación Jiménez, madre de la joven violada y asesinada, Juan Salas (izquierda) y Manuel Bernete.

Un grupo de hombres viola a una joven. Los padres están delante. Cuando se hartan, matan a tiros a la chica, Josefa. Después, a su madre, Expectación. Los cuerpos calientes caen a una fosa que los fascistas han obligado a abrir al padre, Manuel. Pasan más de 80 años para que el caso toque la puerta de la justicia a través de la denominada querella argentina.
Una denuncia colectiva presentada esta semana en el Consulado de la República Argentina en Barcelona acumula éste y otras decenas de delitos de diversa tipología: desde 132 desaparecidos forzados a ocho deportados en Mauthausen, 138 esclavos del franquismo o varios torturados por Billy el Niño.
"Un total de 388 víctimas", dice la promotora de la iniciativa, María José Bernete, que ha contado con el apoyo de Ana Messuti y Máximo Castex, abogados de la querella argentina, y de la Red Catalana y Balear de Apoyo a la Querella Argentina contra los Crímenes del Franquismo.

Todos los casos tienen un marco común: las poblaciones que conformaban la Colonia de Fuente Palmera (Córdoba) de 1936 a 1978. Y entran a formar parte del único proceso abierto en el mundo para investigar las graves violaciones de derechos humanos cometidas por los golpistas de Francisco Franco y que España sigue sin resolver. Una causa, la 4591/10, que tramita la jueza María Servini de Cubría desde el Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal Nº1 de Buenos Aires.
Activistas de Memoria Histórica tras la presentación de la querella en el Consulado de Argentina en Barcelona.

El asesinato de la familia Peña Jiménez

El macabro caso de la joven violada y asesinada por falangistas ante sus padres ocurre el 12 de septiembre de 1936 en el cementerio de Fuente Palmera. Ahí siguen los huesos, en una fosa común, como testigos de la pedagogía del terror ejecutada por los franquistas. Una violencia que adopta especial saña contra las mujeres.

El asesinato de Expectación Jiménez Fernández, Manuel Peña Guisado y su hija Josefa Peña Jiménez es una de las "muchas historias tristes y aterradoras" que suma esta denuncia colectiva. Uno de los 132 episodios de muerte violenta que atestigua la querella.

"Violaron primero a la joven delante de sus progenitores para luego matarla ante sus ojos, matar también a la madre y lanzarlas a la fosa que previamente había cavado el padre, quien no murió de los disparos y fue rematado con la pala con la que había abierto el agujero que los engulliría a los tres", relata María José Bernete en la documentación entregada en el consulado argentino en Barcelona.

"Podría haber sido peor; uno de sus hijos más pequeños los iba siguiendo y a los falangistas les debió parecer demasiado matar a un niño de tan corta edad y lo mandaron a casa", explica la querellante.
Sucedió en Andalucía, la región más castigada por el terror franquista con al menos 45.566 asesinados y 708 fosas comunes. España suma 114.226 víctimas ejecutadas por los golpistas, según la causa que abrió en la Audiencia Nacional el juez Baltasar Garzón. Más de 740 fosas han sido excavadas y recuperados unos 9.000 esqueletos desde el año 2000.

Pero décadas de retraso en memoria histórica condenan a la mayor parte de las familias a no recuperar jamás a sus muertos. Apenas una cuarta parte de las víctimas podrían ser recuperadas de las fosas. Quizás un máximo de 7.000 llegarían a ser identificadas con nombres y apellidos, según un informe del Ministerio de Justicia al que ha tenido acceso eldiario.es.

Víctimas del nazismo, esclavos de Franco

La querellante, María José Bernete, ha vivido con "emoción" los últimos días. Da el paso, dice, porque "olvidar sería otra victoria del fascismo". Y porque siente "vergüenza de tener que vivir en este reino de impunidad que tan bien atado dejó el dictador genocida".
María José Bernete, querellante, junto a Felipe Moreno, torturado por Billy el Niño.
La querella presentada en el Consulado del país austral en Barcelona "se envía esta semana a Argentina, a la Cancillería de Exteriores, que a su vez la remitirá al juzgado donde será registrada", refiere. Porque las víctimas esperan encontrar "reparación" a través de la Justicia Universal. Como una manera, alega, "de que sus historias prevalezcan".

"La verdad es que prácticamente casi podemos encontrar todos los tipos de crímenes considerados de lesa humanidad", asegura la denunciante. Como los deportados muertos en el campo de concentración nazi de Mauthausen. De Fuente Palmera "fueron ocho, una cifra muy alta para un pueblo tan pequeño".
Hace una década, María José Bernete empezó "a investigar los casos de colonos" que pasaron por los centros de reclusión diseñados por la Alemania de Adolf Hitler. Como el caso de Juan Salas Sánchez, trabajador del campo y vecino de una de las aldeas de la Colonia, Fuente Carreteros.

La derrota de la democracia española obliga al jornalero a cruzar la frontera. En Francia vive un primer internamiento y un periplo como prisionero de los nazis que arranca con su "trasladado al Stalag o prisión XII-D de Trier, Alemania". De ahí a Mauthausen el 25 de enero de 1941, luego Gusen. Y al final Hartheim "donde es asesinado el 18 de diciembre del 41 a la edad de 26 años".

Salas fue soldado republicano. Como el único expatriado que tuvo descendencia, Manuel Cobos Herruzo, "muerto a los 34 años en Gusen", el mayor subcampo dependiente de Mauthausen. "Su primo murió en Hartheim y su hermano en el exilio solo y enfermo". Su familia busca "esa reparación por el dolor que sufrieron".

Córdoba es "la tercera provincia con mayor número de víctimas del nazismo", subraya Bernete. "Aparecen también en esta denuncia la mano de obra esclavizada por la Alemania nazi en la Organización Todt, los antifascistas que pasaron por los campos de concentración franceses, los exiliados, las mujeres vejadas y las asociaciones y particulares cuyos bienes fueron ordenados incautar", enumera.

Como "Margarita Guisado, hija de Francisca Adame Hens, cuyo padre y hermano, ambos esclavos del franquismo en el Canal de los Presos", una obra faraónica que sigue dando riego a parte del bajo Guadalquivir. Hasta "138 personas destinadas a Batallones Disciplinarios de Trabajadores o de Soldados Trabajadores" contabiliza el texto entregado para forma parte de la Querella Argentina.

"Torturado salvajemente" por Billy el Niño

José Balmón Castell fue detenido en 1976 y trasladado a la Dirección General de Seguridad, "donde fue torturado salvajemente por Billy el Niño durante 10 días. Antonio González Pacheco le fracturó la mandíbula, le rompió varias costillas y le causó graves hematomas por todo el cuerpo", denuncian.
Detención de estudiantes tras un encierro en la Complutense, en 1975. | EFE/VOLKHART MÜLLER
El número y tipología de víctimas presentado en la querella suma "41 personas detenidas en una caída del Partido Comunista en el año 1960, que se estaba organizando entre los trabajadores del campo". Algunos presos políticos, detalla, "estuvieron meses y hasta años en prisión".

Y la propia querellante acumula hasta 11 casos en su familia. "Mi abuelo Manuel Bernete Jiménez fue esclavo del franquismo construyendo el pueblo nuevo de Belchite", cuenta. El campo de trabajo forzoso depende de la Dirección General de Regiones Devastadas.

"Tras acabar la guerra mi abuelo junto a su familia vuelve a Fuente Palmera, donde es detenido y encarcelado", explica María José Bernete. El régimen de Franco le condena en Consejo de Guerra a "12 años y un día" que cumple en la prisión de Córdoba y en San Juan de Mozarrifar, Zaragoza, "donde vio morir de hambre a sus compañeros".

La acusación fue "pertenecer a la UGT y ser presidente del Comité de Defensa de la República en la aldea de Silillos". Y, también, "ser tío del Capitán Chimeno", como se conocía al militar anarquista Juan José Bernete Aguayo. Una venganza que sufrirían otros miembros de la familia.

Como Rosario Bernete. "Le raparon su bonito pelo rubio dejándole parte del cabello en forma de cruz, la pasearon por las calles y la sentaron en una silla en medio de la plaza del pueblo obligándole a ingerir varios tazones de aceite de ricino migados con pan entre insultos, mientras perdía el control de sus esfínteres". La que había sido novia del Capitán Chimeno, Concepción Quero Dublino, corrió la misma suerte: "vejada y humillada".

Y su hermano Antonio Bernete Aguayo fue esclavo del nazismo en la Organización Todt y "pasó por varios campos de concentración franceses". Otro hermano, Francisco, "formó parte de la Resistencia, fue teniente de las Fuerzas Francesas del Interior y de la Agrupación de Guerrilleros Españoles en Toulouse". Él se quedó en el exilio hasta la muerte del dictador.

Fuente del texto: eldiario.es

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Publicado: Por: ancilo59 - septiembre 07, 2020

lunes, 30 de marzo de 2020

Los 'topos' del franquismo: retrato de los españoles que se enterraron en vida para huir de la dictadura

Tras la Guerra Civil, fueron muchas las víctimas que se tuvieron que ocultar en agujeros, pasos subterráneos, estrechos pasillos y otros lugares imposibles durante décadas para escapar del destino fatal que les impuso la dictadura. Esta es la historia de Protasio Montalvo, los hermanos Juan y Manuel Hidalgo y de Manuel Cortés
Manuel Cortés, víctima del franquismo, en uno de los lugares donde se ocultó durante años | EFE

Durante 30 años, Higinio vivió a través de los ojos y los oídos de Rosa, su mujer. Se mantuvo escondido en agujeros en el suelo y entre falsas paredes tres décadas para evitar ser capturado y asesinado por los falangistas; siempre a la espera de un perdón, de una amnistía que no llegaba.

Así construyó forzosamente su propia cárcel, y así representan Antonio de la Torre y Belén Cuesta la premisa que ofrece 'La trinchera infinita', la película que ahonda en la 'otra' cara de la represión que sufrieron las víctimas del franquismo.

La de aquellos que, no siendo presos o esclavos del régimen, ni asesinados, ni refugiados en el extranjero, debieron zafarse de las garras del fascismo ocultándose en todo tipo de sitios: alacenas, cobertizos, graneros o pozos. Durante años, décadas.

Para hacer una fiel fotografía de la persecución que sufrieron los 'topos' republicanos, Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga beben de las historias que en 1977 publicaron el periodista Manuel Leguineche y el escritor Jesús Torbado como resultado de una larga investigación.

En 'Los topos' se recogen una veintena de testimonios de quienes, para evitar ser víctimas de la gloriosa cruzada de Franco, optaron por ser muertos en vida encerrándose en espacios tan estrechos que, si bien no tenían rejas, sí acabaron convirtiéndose en prisiones de por vida.
Las de Protasio Montalvo, los hermanos Juan y Manuel Hidalgo y Manuel Cortés no fueron las únicas cárceles particulares de la dictadura. Manuel Corral, Pablo Pérez Hidalgo, Ángel Blázquez, Antolín Hernández, Manuel Sánchez, Juan Rodríguez, Pedro Gimeno, Ramón Jiménez, Eulogio de Vega, Manuel Piosa, Andrés Ruiz, María Teresa, Juan Jiménez, Saturnino de Lucas, Miguel Villarejo, Pedro Perdomo, Antonio Urbina, Manuel Serrano, Teodomira Gallardo y otras tantas personas también se vieron obligados a 'desaparecer' para no acabar muertos
Protasio Montalvo Martín (38 años oculto: 1939-1977)
Protasio Montalvo, poco después de salir de su 'escondite' | Torralbo y Leguineche (Los Topos)

El 20 de julio de 1939, Protasio Montalvo supo que, para salvar su vida, tenía que ocultarse. Lo que no supo hasta 38 años después fue durante cuánto tiempo debía hacerlo. Habían pasado poco más de tres meses del final oficial de la Guerra Civil, pero el escenario político y social de España en aquel momento no era ni mucho menos pacífico; tampoco en un pueblo como Cercedilla, de unos 3.000 habitantes.

Allí Protasio, ya militante del PSOE y afiliado a la UGT, se había convertido en tesorero de la Casa del Pueblo y alcalde durante los años de contienda. Con el dinero de los vecinos viajaba regularmente al Levante a por alimentos y otros enseres, porque si la cosa estaba mal en todos lados, en Cercedilla "era peor". La Sierra de Madrid era un escenario complejo para los civiles, asediados por los sublevados y los republicanos. "Caían las bombas como granizo. En mi casa cayó un obús y a mí me tapó, pero no me hizo nada", relató en un testimonio recogido por Leguineche y Torbado.

Acabada la guerra, a Protasio, republicano, le habían aconsejado entregarse bajo la promesa de que su caso, como el de tantos, no iría para largo:
"Yo iba con algunos familiares a entregarme en el campo de concentración, que estaba en un campo de fútbol que hoy llaman Bernabéu; los familiares iban a despedirme, pero el campo estaba lleno, ya no cabía nadie"
Pasó que una breve trifulca a las puertas del estadio dio pie a su fuga:
"Aquello me salvó la vida. Si no escapo entonces, no estoy ahora aquí, porque ya entonces no me fie de nadie"
Tras unos meses trabajando de forma clandestina en Madrid, y para evitar las sospechas de vecinos y otros delatores favorables al régimen, volvió a casa atravesando el campo, por la noche, en medio de la oscuridad. A punto de cumplir 40 años, comenzó su reclusión. Los primeros años de confinamiento los pasó en una conejera cercana a la casa. Comía de un cubo y atendía a los movimientos de los conejos para saber cuándo podía acercarse el peligro; si se acercaba, se escondía junto a ellos.
"Veía a los nietos por un agujero; sólo de pequeñitos pude tenerlos"
Su miedo tenía una razón: "Todos los que habían luchado se venían a sus casas, pero según se iban viniendo los iban fusilando en cualquier sitio y, más que nada, eran detenidos y los llevaban a El Escorial". Y a quien no podían acusar de nada le "pegaban una paliza que le escoñaban y lo usaban para trabajos forzados, para hacer las vías del ferrocarril de Burgos o ese monumento que es tan odioso", recordó Protasio, refiriéndose a la construcción del Valle de los Caídos.

Tiempo después se trasladó a un sótano de la vivienda. Allí intercambió con su mujer, Josefa, los roles impuestos por el heteropatriarcado inherente a la dictadura: ella pasó a llevar la economía familiar trabajando como limpiadora y él se encargó de las tareas domésticas. Cuidó y protegió a su hija mayor del asma que padecía hasta 1946.

Ya había pasado siete años oculto, y no parecía que el carácter represor de la dictadura fuera a cambiar. Sí cambió su forma de afrontar la situación, pues comenzó a pasearse libremente por casa, y solo se ocultaba cuando llegaba una visita. Según Torbado y Leguineche, para entonces a Protasio ya lo había olvidado todo el mundo.

Sus hermanos murieron sin saber nada de él ni de su paradero. Lo mismo sucedió con amigos y otros allegados, quienes habían tenido noticia de que se había fugado al extranjero o estaba muerto. Su mujer y sus hijos guardaron el secreto hasta las últimas consecuencias, y ello incluían las fiestas y reuniones familiares: "Veía a los nietos por un agujero de la puerta; sólo de pequeñitos pude tenerlos en los brazos". 

Protasio no podía seguir viendo a sus nietos cuando aprendían a hablar por miedo a ser descubierto. Solo una nieta, Isabel, a quien adoraba, supo de su existencia. "Recuerdo muchas conversaciones donde fue peligroso guardar el secreto. Yo nunca dije nada, y si lo dije nadie entendió lo que yo decía como una niña", recordó Isabel años después en el programa 'Dónde estabas entonces'.


Protasio no salió de su eterno escondite ni tras la promulgación de la Ley de Amnistía de 1969 por la que se declaró "la prescripción de todos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939". No se atrevía, como tampoco se atrevieron su mujer y sus hijos. Solo lo hizo en unas cuantas ocasiones, durante la primera mitad de los 70, cuando tuvo que trasladarse al hospital por una úlcera y por la paralización parcial de su cuerpo.

Tampoco lo hizo cuando murió Franco porque "los mismos que estuvieron entonces en el poder seguían ocupando los principales puestos de la Administración". No fue hasta 1977 cuando puso un pie en la calle como ciudadano libre. Y fue precisamente el 18 de julio, fecha de conmemoración del golpe de Estado franquista.

"El día que salió fue un 'boom'. Mi abuelo fue foto de portada, y algo más importante, salió con mi abuela. Esta historia no hubiese sido posible sin una mujer coraje, y esa fue mi abuela", relató Isabel, que aseguró que la España que su abuelo se encontró en el 77 poco se parecía "a lo que él había dejado cuando acabó la guerra". Y el propio Protasio así lo narró: "Lo que más me chocó era la gente, el personal. Ya no tenían la misma costumbre de antes, iban vestidos y con el pelo de otra manera. Por el color de la cara me parecía que estaba en otro planeta. 

Las mujeres estaban más blanquitas entonces, y ahora es todo lo contrario". El recibimiento a Protasio no fue lo que uno podría esperar para una víctima del franquismo. Las mentiras de los años pasados ya habían calado: algunos no dudaron en señalarle con pintadas en las que se le tachaba de "asesino".

Juan y Manuel, hermanos Hidalgo España (28 años ocultos: 1939-1967)
Juan y Manuel Hidalgo con Ana Cisneros y Ana Gutiérrez, en sus años de libertad | Torralbo y Leguineche (Los Topos)

"Tengo que decirte que mi marido está en casa", le confesó Ana Cisneros, esposa de Manuel, a Ana Gutiérrez, mujer de Juan, la noche del 4 de mayo de 1939. "Pues mi marido también vino", le confesó Ana Gutiérrez, esposa de Manuel, a Ana Cisneros, mujer de Juan, esa misma noche. Ambas, primas, celebraban con euforia solemne que Juan y Manuel Hidalgo España, hermanos, estaban vivos y habían regresado a casa.

No era poca cosa: en aquellos meses, tras el anuncio de Franco que ponía fin a tres años de batallas, miles de familias esperaban desesperadas y con ahínco el regreso de aquellos que llamados a luchar. Juan llegó seis días antes que Manuel –no sabe si "porque había salido antes" o porque corrió "más"– a Benaque, un pequeño pueblo de la Axarquía de Málaga donde residían los dos antes de la sublevación franquista. Antes, ambos pasaron todas las desgracias y penurias propias de una guerra. Y después, porque no pudieron verse ni una sola vez, pese a lo cerca que se habían ocultado el uno del otro, hasta 1967.

A Juan y Manuel les llegó la guerra en febrero de 1937, a uno con 31 años y a otro con 27, cuando Málaga fue invadida por las tropas franquistas. "Nosotros no sabíamos lo que estaba pasando. Nos enteramos más tarde que había que decir 'Arriba España'. No sabíamos nada, no sabíamos quién estaba luchando, ni por qué. Nada", contó Manuel años después, en libertad, a Torbado y Lenguineche.

Pero el desconocimiento no salvaba de ataques y crímenes de guerra, y ellos, como otras tantas miles de personas, se vieron obligados a huir por la carretera que llevaba a Almería. Fue una evacuación instantánea: "Nos fuimos vestidos como estábamos, en ese mismo momento". En el camino, Juan y Manuel fueron testigos de la masacre de la desbandá. "Cuando pasamos Vélez tiraban la aviación y los barcos, desde el mar a la sierra, por donde íbamos todos […] No se pueden numerar los que íbamos. Por todas partes, derramados por todo el campo, todo lleno. Aquello era un diluvio de gente […] Cada uno tiraba por su lado, todos desorganizados, nadie lo dirigía. No había más que ir a Almería, que eso eran las órdenes". No había agua, ni comida, ni descanso; sólo disparos, bombas, heridos, muertos y carreras.

Tras numerosos traslados por las provincias españolas para prestar servicio en diferentes batallas, Juan resultó herido en Guadalajara: "Un obús cerca de mí me llevó tres dedos y me dejó todo el brazo lleno de agujeros y de sangre". Los hermanos se separaron poco después: Juan fue trasladado al hospital de Guadalajara, y después a Madrid y a Valencia. Allí le pilló el final de la guerra, y caminó 16 días "sin parar y sin dormir y sin comer" hasta llegar nuevamente a Benaque; Manuel fue destinado a Teruel y acabó en la Sierra de Vinaroz, en Castellón.

Allí, fue víctima de la campaña de bombardeos en el Levante, enclave estratégico para alemanes e italianos, que probaron sobre varios pueblos valencianos llenos de civiles el potencial de su armamento militar de cara al inminente estallido de la Segunda Guerra Mundial. Una de las bombas fue a caer donde estaba Manuel: "Unas piedras muy grandes que tenía delante me cayeron encima. La metralla me destrozó toda la cabeza, la oreja, toda la cara; una piedra me partió la clavícula y el brazo se me cayó, me quedó como caído.

Yo me quedé muerto, sin hablar, sin saber nada". Manuel, herido, vivió movimientos similares a los de su hermano por toda la geografía valenciana hasta acabar en Cuenca. Allí supo del fin de la guerra: "Busqué ropa de paisano y me marché de allí, como todos hacían. Cada uno por su lado, por donde quería, no había control".

"Me acostumbré a vivir así lo mismo que los animales"

Manuel llegó a Benaque el 4 de mayo. Su hermano Juan ya estaba allí, pero el contexto bélico no había desaparecido: "A todos los que se quedaron allí o se presentaron, los mandaban a su casa con vigilancia. Lo primero era detenerlos y a muchos los mataban". Por esta razón ambos se escondieron al momento de llegar a Málaga, y tampoco pudieron cruzarse la mirada en los siguientes 28 años: "Mientras estuve aquí, nunca vi a mi hermano, ni una vez. 

Él estaba escondido en su casa, a unos veinte metros. Si teníamos que decirnos algo, mandábamos a las mujeres: 'Mira, pasa esto y lo otro', pero nada más. Yo estuve todo el tiempo en una habitación". Manuel entró junto a su mujer en el comercio del pan: él amasaba en casa y ella horneaba en la calle, y el negocio fue creciendo. Manuel lo tuvo más complicado: una disputa por unas tierras que "un falange" le robó tras marchar él a la guerra y que al término de la misma devolvieron a su esposa, para enfado del anterior propietario, le creó un enemigo "que estaba vigilando toda la noche", pues una casa estaba frente a la otra.

"Ese señor tenía miedo de que, como había hecho tanto mal sin haberle yo hecho mal a él, yo volviera, y entonces tenía que acusarme a la Guardia Civil para que me buscara y a ver si me podían matar”. A Juan, que vivía entre dos paredes, en "un sitio muy estrecho, sólo para estar un momento acurrucado allí", se le complicó más aún la situación con el nacimiento de su hija, en 1942.

Las sospechas del vecino franquista, que no tenía duda alguna de que Juan estaba allí, provocaron que los agentes registraran en una infinidad de ocasiones la vivienda, con tremendas palizas a su mujer y a los padres de esta incluidas. "Hasta el año 51 estuve escondido en Benaque. Yo me quedé ciego en el 47, de la impresión de verla a ella después de la paliza, ciego del todo. No veía nada. Como allí no paraban de buscarme y de darle a ella, decidimos marcharnos". 

Una noche de procesión aprovechó para trasladarse a otra casa, un par de calles más abajo. En total, pasó 11 años en una vivienda y 17 en otra, oculto: "Me acostumbré a vivir así lo mismo que los animales. A un animal lo acostumbra usted a estar encerrado, lo echa después a la calle y se mete para adentro. Porque se acostumbra uno a aquella vida". Manuel y Juan pudieron volver a ser libres por un perdón acordado en 1966 por la administración franquista.

Manuel Cortés Quero (30 años escondido: 1939-1969)
Manuel Cortés Quero, en la habitación donde se mantuvo recluido durante 30 años | Torbado y Leguineche (Los Topos)

El 11 de abril de 1969, Manuel Cortés descubrió que se le "había olvidado andar"; quizá fueran los zapatos, como repitió después, en numerosas ocasiones, acostumbrado a toda una vida en zapatillas. Tenía 63 años y le fallaba un tanto el físico, no así la cabeza: Manuel volvió a nacer estando al corriente de todo. "Cuando salió era un extraño para la mayor parte de los habitantes del pueblo, pero él los conocía a casi todos. Estaba al tanto de los noviazgos, los matrimonios, los natalicios y de la vida social del pueblo", relataron Jesús Torbado y Manuel Leguineche en 'Los Topos', y con razón: Cortés se había pasado nada menos que tres décadas atrapado en una pequeña habitación de una pequeña casa en Mijas, Málaga.

Cuando no leía o dedicaba su atención a la radio, sus quehaceres diarios se limitaban a observar desde la ventana todo lo que acontecía en el pueblo. Entre medias, recibía reprimendas de su mujer, Juliana, que luchaba por advertirle continuamente de los peligros que afrontaba al asomarse más de la cuenta. Él, acostumbrado ya a moverse por casa como un fantasma, había perdido parte del pánico y la inseguridad que suponía ser señalado y perseguido por todo un régimen durante años. Desde 1936 que no se le iba del todo ese miedo. Ahora, en abril del 69, solo quedaban en su expresión pequeñas muestras de indiferencia y aparente normalidad para con su entorno, y una ligera decepción por su PSOE, al que reprochaba su incapacidad para "infraestructurar una organización clandestina de lucha contra el franquismo".

Manuel creía fuertemente en el socialismo; tanto que, después de barbero y organizador clandestino del PSOE y UGT en tiempos prerepublicanos, acabó siendo concejal de Mijas en 1931, con solo 26 años. Algo más tenía, 31, cuando finalmente aceptó ser alcalde. Entonces el pueblo malagueño ya estaba inmerso en la situación de nerviosismo y alarma previa al golpe de Estado de 1936. Con el inicio de la guerra, Manuel debió hacer frente a los episodios de tensión y violencia que brotaban constantemente en el pueblo, donde se había encarcelado a numerosos derechistas por el mero hecho de serlo y se habían expropiado sus tierras para repartir las cosechas de forma colectiva.

Poco o nada pudo hacer cuando las tropas franquistas entran en Málaga, a principios de 1937. Manuel, como pasó con el resto del pueblo, y como pasó con los hermanos Hidalgo España, se vio obligado a abandonar su tierra natal a través de la sierra en busca de la carretera que lleva a Almería. Junto a él iban su mujer y su hija, a quienes, previendo en cierta forma cómo iba a evolucionar todo aquel caos, mandó de vuelta a Mijas, ya ocupada por los fascistas: "Juliana, tú nunca has intervenido en la cosa política. No te harán daño". Así, el alcalde de Mijas viajó solo durante seis días, entre hileras de muertos, pobreza y ataques rastreros, hasta llegar a Almería. Desde allí entró a formar parte de la guerra.
"Algunas veces sentía ganas de salir, en una arrancada, pasara lo que pasara"
A Manuel y a otros tantos les llegó la derrota de la República en 1939. En Valencia decidió su regreso a casa, y a Mijas se fue al paso, entre trenes de mercancía, camiones de ganado y un salvoconducto de última hora que le permitió pasar los controles franquistas hasta llegar a Málaga. Allí supo de verdad que las cosas no pintaban bien para un alcalde republicano y socialista, y en la noche del 17 de abril, ya en el pueblo, prefirió dar un rodeo hasta llegar a una posada que regentaban los padres de Juliana.

Tras un intenso reencuentro familiar en el que se rechazó su entrega, fue a esconderse. El lugar: un armario tapiado en una habitación, junto a la barbería donde trabajó, que daba a la calle. "Fue el mejor de todos los escondites que tuve, el más seguro, pero también el más incómodo. Mi mujer y mi prima practicaron un agujero en el muro de la alacena y lo cubrieron con un cuadro grande de San José.

Todo lo que yo tenía que hacer era descolgar el cuadro para entrar o moverlo desde dentro para salir", contó a Torbado y Leguineche. Allí se ocultó durante más de dos años. Por el día, el hombre más buscado de Mijas se entretenía escuchando las conversaciones en la barbería, y fumando; por la noche, aprovechaba la oscuridad y el silencio propio de un pueblo para estirar las piernas, y para fumar. Aquel vicio pudo ser su perdición: "Que van a ver el humo, Manolo, que algún día van a ver el humo...", le decía su mujer, pero ni caso.

A los dos años de confinamiento se arriesgaron a trasladar a Manuel a un desván más cómodo. Para ello, alquilaron una casa próxima a la alacena donde residía agazapado el alcalde. En una noche lluviosa, de difícil visibilidad, Manuel se vistió con las prendas de la madre de Juliana: "Ensayé antes cuáles serían los andares de una vieja". Y recorrió al ritmo de una anciana de 36 años los 300 metros que separaban ambos escondites.

Éxito: los falangistas jamás supieron nada. Ni en todas las veces que tendieron trampas a su mujer para que revelara su paradero; ni cuando unos terribles dolores casi acaban con él, dolores que su hija hizo suyos a fin de que el médico, al visitarla, le recetara unos calmantes; ni cuando se produjo un incendio que tuvieron a bien apagar los vecinos antes de que el fuego alcanzara su escondite. Nada pudo hacer salir a Manuel de allí, aunque el alcalde no estaba bien: "Había días que me reconcomía la desesperación. Algunas veces sentía ganas de salir, en una arrancada, pasara lo que pasara". Pero no lo hizo, tampoco en la boda de su hija, María, ni en la muerte de su nieta por leucemia. A punto estuvo antes, en el año 50, cuando trazó con un primo suyo un plan de huida para salir de España, y que fracasó tras la muerte de este.

Cuando el desánimo y la frustración no podían con él, Manuel trabajaba con esparto y materiales de construcción que después vendía Juliana. Así lograron ahorrar lo suficiente para comprar una casa de dos plantas en la misma calle que mejoró –si se puede hablar en estos términos– la vida de Manuel un poco más: ahora podía moverse con algo de libertad por el piso superior. Y allí se mantuvo hasta la noche del 28 de marzo de 1969.

Manuel, con el oído pegado a la radio, escuchó a Fraga, por entonces ministro de Información y Turismo del franquismo, anunciar un decreto por el que se otorgaba el perdón para los delitos cometidos en la Guerra Civil: "Se me formó un nudo en la garganta cuando el ministro leyó algo que, por la emoción del momento, no pude comprender cabalmente". Aunque la prensa se hizo eco de la noticia horas después, Manuel no se atrevió a poner un pie fuera de la casa hasta ver publicada la orden en el BOE.

"Es usted libre B.O.E PDF", informó a Manuel el teniente coronel a su llegada al cuartel de la Guardia Civil en Málaga. Después de 30 años de cautiverio, aquellas tres palabras arreglaron el asunto. Años después, Manuel, aún creyente de los valores socialistas, contribuyó al éxito de su partido en Mijas en las elecciones de 1977. Aún entonces quedaban 'topos' por salir de su agujero.

Fuente del texto: lasexta.topos-franquismo
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Publicado: Por: ancilo59 - marzo 30, 2020

sábado, 28 de marzo de 2020

De puerta del exilio a prisión

1. Alicante en la evacuación final: los barcos del exilio

Las sublevaciones del 5 de marzo, con la consiguiente huida del Gobierno de Negrín y de la Flota republicana de Cartagena, asestaron el golpe definitivo a la República. Sólo restaba la ofensiva final, en realidad, una gran maniobra de ocupación militar del territorio, puesto que las exhaustas unidades republicanas se rindieron o abandonaron las posiciones. En esos días de finales de marzo, con el insufrible peso de la derrota a cuestas, con tantos ideales rotos y las vidas al límite, los puertos de Levante aparecían como la única esperanza de salvación para escapar de una represión que se cernía ya inminente e irremediable.

Entonces, a partir del 26 de marzo, se reveló de manera dramática que ni Negrín ni Casado habían tomado medidas eficaces para garantizar la evacuación final de los republicanos más amenazados, a lo cual habría que añadir, desde el día 8 de marzo, el bloqueo naval de la costa mediterránea de Almería a Sagunto ordenado por Franco. Por si fuera poco, Gran Bretaña y Francia no se mostraban dispuestas a comprometerse en las tareas humanitarias de salvamento de los republicanos sin la aquiescencia del Generalísimo, que se opuso rotundamente a cualquier intromisión.

Después de los catastróficos sucesos del 5 de marzo mencionados, el Gobierno Civil de Alicante comenzó a proporcionar pasaportes a quienes designaban sus organizaciones políticas o sindicales. Firmados por el ex alcalde socialista ilicitano Manuel Rodríguez, los pasaportes eran visados en el Consulado de Francia y de México.

El presidente del Consejo Provincial (la Diputación en guerra), el anarquista alcoyano Ramón Llopis, también despachaba pasaportes oficiales a los responsables anarquistas de los pueblos. Obtener el pasaporte «legalmente», con los correspondientes visados, no debía estar al alcance de cualquiera, a juzgar por la anotación de Eliseo Gómez Serrano en su diario: «cada pasaporte va salir por un ojo de la cara (por ahora, 172,60 pesetas)».

En Alicante se hacían gestiones ante el capitán de cada barco de carga que llegaba a puerto para que permitiese embarcar pasajeros. Unas veces los capitanes se negaban a llevar pasaje, alegando su prohibición por las leyes internacionales marítimas; otras, se cobraban con creces en especie el pasaje (azafrán, almendras, joyas), porque no aceptaban ya el dinero republicano.
El general Gastone Gambara dirigiéndose a sus tropas de la División Littorio

Con todo, durante el mes de marzo algunos barcos de compañías marítimas de bandera extranjera, especialmente de la Cía. France Navigation y la Mid-Atlantic Shipping Co, que trabajaban para el Gobierno republicano, consiguieron llevar al exilio a unos pocos miles de republicanos desde los puertos mediterráneos aún en poder de la República, burlando el bloqueo de la Armada franquista.

La primera de las citadas acabó siendo propiedad del Partido Comunista Francés y la segunda, aunque de fachada era una empresa británica, pertenecía en realidad a Campsa-Gentibus, empresa constituida en París por el gobierno republicano. Todos eran cargueros que habitualmente hacían la ruta Marsella-Norte de África. Los que tocaron puerto en Alicante en ese crepuscular mes de marzo fueron el SS. Ploubazlanec, SS. Stanhope, SS. Marionga, SS. Ronwyn y SS. African Trader.

En los últimos días de marzo salieron también numerosos barcos pesqueros desde Benidorm, Denia, La Vila Joiosa, Santa Pola y Torrevieja, con destino al Oranesado. El alcalde socialista de Benidorm, José Pagés, puso varias barcas a disposición de la comisión provincial de evacuación socialista y en una de ellas salió el propio Pagés en los últimos días, con varios tripulantes más. De La Vila, el día 28 de marzo, 15 vileros y 60 mandos militares confederales de la 26 División del Ejército Popular, se distribuyeron en dos barcas, el Gavilán de los Mares y el Industria número 1. En Santa Pola, el barco La Guapa, incautado por la UGT, salió el 29 de marzo con destino a Orán, con unas 100 personalidades civiles de la República, militares del Grupo de Artillería de Bétera y el último alcalde republicano, Juan Buyolo. Algunos barcos fueron saboteados por la quinta columna y otros, concretamente Nuestra Señora de la Virgen de Belén, apodado «El Gallo», que salió el 28 de Santa Pola, fue interceptado por el crucero Canarias.

Desde Alicante rumbo a Orán también zarparon los días 11 y 12 de marzo las patrulleras V-18 y V- 28 respectivamente, con más de 60 pasajeros. El 13 de marzo, con 32 refugiados a bordo, lo hizo el buque auxiliar de la Armada Aljibe nº 2, cuya misión durante la guerra había sido abastecer de agua potable a la base naval de Cartagena desde Alicante. Finalmente, veintiséis dirigentes socialistas de la provincia, el día 29 de marzo, con la quinta columna controlando los pueblos, escaparon desde Torrevieja en una barcaza a gasoil, con la que consiguieron llegar a Beni-Saf, en Argelia, el 31 de marzo.

Avalancha de refugiados hacia Alicante

A partir del 26 de marzo, todo se precipita con la puesta en marcha del operativo final del ejército franquista para ocupar lo que quedaba del territorio republicano, la llamada zona Centro-Sur

En Valencia, las autoridades del Consejo Nacional y el propio Casado, huidos de Madrid, se reunieron la mañana del día 28 de marzo con miembros de una delegación del Comité Internacional de Ayuda a la España Republicana, concretamente con el diputado Albert Forcinal, presidente del grupo parlamentario de amistad franco-española, el periodista André Ulmann y el diputado Charles Tillon, los dos últimos ligados al Partido Comunista francés. Estos pusieron en conocimiento de las autoridades del Consejo que tenían barcos dispuestos para participar en la evacuación, refiriéndose sin duda a los barcos de la Cía France Navigation. Así, se extendió la idea que en Alicante habría barcos para los que quisieran salir de España, lo que provocó una auténtica avalancha de miles y miles de fugitivos desde todas partes de la maltrecha zona republicana hacia la capital alicantina.
Muchos de los que pudieron llegar en la tarde del día 28 encontraron aún una posibilidad casi milagrosa de embarcar. Se trataba del carguero inglés SS. Stanbrook, fletado por la Federación Provincial Socialista, que acogió a bordo entre 2.638 y 3.028 pasajeros, apretujados por todas partes, desde las bodegas al palo mayor en la cubierta. Fue Rodolfo Llopis -el socialista alicantino de mayor relieve nacional- quien se entrevistó en París, el día 9 de febrero de 1939, con José Calviño Ozores, director de la sociedad española CAMPSA-Gentibus, que le prometió el envío a Alicante de dos barcos: el Stanbrook y el Margit.

El capitán del Stanbrook, el galés Archibald Dickson, en su impresionante informe al periódico The Sunday Dispatch, al filo de los hechos, cuenta que el Stanbrook, con bandera inglesa, dejó Marsella el 17 de marzo y llegó a Alicante el día 19, tras burlar el bloqueo naval. Era un carguero pequeño de 1.383 toneladas, construido en 1909, perteneciente a partir de 1936 a la Stanhope S.S. Co. Continuó prestando servicio en la marina mercante inglesa, hasta que fue hundido, al ser torpedeado por el submarino alemán U 57, el 18 de noviembre de 1939, a la entrada del puerto de Amberes. Murieron todos los tripulantes incluido el capitán. Según Germinal Ros, en los campos de concentración de Argelia se le rindió un minuto de silencio. El mejor comentario lo hace el propio Ros: «Aquel navío se lo merecía».

El Stanbrook –según el capitán- estuvo durante varios días amarrado en el muelle esperando las mercancías, debido a la casi paralización de los medios de transporte, hasta que el día 26 llegaron las cargas de tabaco, naranjas y azafrán. Otras versiones apuntan a que el barco fue retenido a la espera de que la Comisión Provincial Socialista culminara sus gestiones para poder expatriar al mayor número de los militantes más comprometidos.
El muelle de Levante, bombardeado.

En la tarde del 28 el embarque se hacía en principio de manera ordenada, pero era tal la lentitud y la ansiedad de la multitud que al caer la tarde la subida a bordo se convirtió en tumultuosa y caótica. A las 23 horas el capitán ordena levantar las amarras. Al poco de traspasar la bocana del puerto, en palabras de Germinal Ros: «oímos el ruido del motor de un avión. Se fue acercando y a guisa de despedida soltó dos bombas que cayeron, afortunadamente, lejos de la popa».

También el capitán Dickson y otros testimonios de los pasajeros refieren el mismo episodio y la misma angustia: todos pudieron ver el resplandor de las bombas sobre la ciudad a lo lejos. Afortunadamente, ni la aviación ni los buques franquistas «molestaron» después al Stanbrook en su dramática singladura hasta Orán, a donde llegó con su preciada carga tras más de 20 horas de travesía.

Tras recalar en Orán, las autoridades coloniales francesas impidieron el desembarco del grueso de los pasajeros del Stanbrook, como ya habían hecho a la llegada del Lezardrieux y del African Trader. Convertido en una inmunda cárcel flotante, más de 2.000 personas tuvieron que sobrevivir durante casi un mes en unas condiciones de vida infrahumanas, como hemos relatado en otros trabajos.

Pero esa noche del 28 de marzo había otro barco en los muelles del puerto alicantino, el Marítima, un navío de mucho mayor tonelaje que sólo dejó subir a bordo a 32 personas, autoridades republicanas de Alicante y familiares. El Marítima levó anclas hacia la 1 de la madrugada del 29 de marzo con destino al puerto de Marsella; ya ningún otro barco mercante saldría de los puertos valencianos rumbo al exilio.

El asunto del Marítima provocó un gran malestar entre los dirigentes socialistas en el exilio argelino, tratándose en un Pleno de la Federación Socialista Provincial de Alicante, que se celebró en Orán en julio de 1939. De las actas de la reunión deducimos que el capitán tenía órdenes tajantes de no dejar subir más que a las autoridades, hasta el punto de decir brutalmente que «no admitía en su barco a más asesinos españoles». Pasajeros destacados del Marítima fueron el gobernador civil Manuel Rodríguez; el alcalde republicano de Alicante, Lorenzo Carbonell con algunos de sus hijos; y los hermanos Fermín y Álvaro Botella, propietarios del periódico El Luchador, también acompañados de sus familias, entre otros.
Hoja de registro del Cementerio de Alicante con apuntes de los suicidios en el puerto

2. La llegada de la División Littorio y la tragedia del puerto

Desde el día 28 en que las tropas franquistas entraron en Madrid, muchos quintacolumnistas fueron saliendo a la luz en las ciudades de la Comunidad Valenciana enarbolando banderas, ocupando edificios oficiales, y negociando con las autoridades republicanas –o lo que quedaba de ellas- un traspaso del poder que evitara más derramamientos de sangre. El mismo día 28 de marzo el general Menéndez rendía las fuerzas del Ejército de Levante. La ocupación de la capital valenciana se produciría en la mañana del día 30, tomando otras fuerzas, desembarcadas por mar, los principales puertos, como fue el caso de Gandía.

Para entender la crítica situación de la retaguardia alicantina durante las semanas finales, nada mejor que acudir a las anotaciones en su diario del diputado Eliseo Gómez Serrano. Así el miércoles 22 de febrero:

«Hemos llegado a un punto de penuria, mejor diría de miseria tal, que ya lo más imprescindible falta. No hay nada de nada en ninguna parte. Ni medicamentos en las farmacias, ni comestibles, ni ultramarinos, ni tejidos en las tiendas, ni calzado en las zapaterías. Vivimos no sé cómo. Y casi cada día, bombardeos aéreos. Todo el mundo está pendiente de los bombardeos»

Todos aquellos que se sentían amenazados trataban de conseguir un pasaporte y un pasaje para abandonar España, como anotará el 12 de marzo y señalaba también el diario socialista Avance, en un dramático editorial del día 15. El último bombardeo de Alicante registrado oficialmente se produjo el 25 de marzo, sin víctimas, pero la ciudad traumatizada había pagado un terrible tributo de sangre desde el bombardeo del Mercado del 25 de mayo de 1938. No era de extrañar, pues, que la población civil no aspirara a otra cosa que la paz, fuera como fuera.

Ese mismo día 29, la italiana División Littorio del CTV (Corpo di Truppe Voluntarie) recibía la orden de formar una columna motorizada para marchar hacia Alicante, al mando del general Gastone Gambara. Al día siguiente, 30 de marzo, la columna avanzó por el eje Almansa-Villena-Elda sin ninguna resistencia. Así se anota lo sucedido la tarde del 30 de marzo en el «Diario de Control» de la División Littorio que se conserva en el Ufficio Storico dello Stato Maggiore Dell 'Ejercito a Roma: «17:00 horas - El general Gastón Gambara, a la cabeza de su columna, se detiene tras pasar Novelda, donde recibe la orden de entrar en Alicante a la cabeza de la vanguardia de la columna motorizada. A las 18:00 horas, el jefe de la División entra en Alicante. El Mare Nostrum representa nuestra lucha del FASCISMO contra el comunismo.
El vapor African Trader cuando aún se llamaba Lauren Schiaffino

Dispongo que la columna se dirija directamente hacia el puerto, donde 14.000 milicianos se encuentran, muchos de los cuales van armados y todavía no han sido detenidos, para mostrar nuestra fuerza y ?? voluntad.

Me detengo durante unos 20 minutos con mi mando a la cabeza de la columna frente al puerto. Allí establezco las disposiciones para el control en el área asignada a la División, y ordenó la reanudación de la marcha.

19:30 horas - Doy las órdenes para una primera disposición de las unidades en la nueva zona. Tropa acampada. Siguiendo las órdenes del C.T.V., un batallón del 2º regimiento de Camisas Negras y una batería de 75/27 se detienen en el puerto de Alicante para supervisar a los milicianos que no quieren rendirse. Otro batallón del 2º regimiento se despliega en la ciudad para proteger el C.T.V».
Comandante General Gervasio Bitossi.

Huida ante el avance de las tropas franquistas

Huyendo del avance de las tropas franquistas, entre la noche del 28 y durante el día 29, infinidad de coches, camiones, blindados y todo tipo de transportes, formaron largas caravanas por las carreteras de Madrid y de Valencia hacia Alicante. Miles de refugiados, muchos de ellos uniformados y armados, llenaron las calles de la ciudad, gestionando nerviosamente pasaportes y visados, o tratando de procurarse alimentos de la forma que fuera.

Muchas veces se cruzaban con grupos de quintacolumnistas, sin que se produjeran choques violentos, pues cada uno tenía ya su afán, en unas horas que todos sabían transitorias y decisivas. Al final, esa masa de fugitivos, cuyo único objetivo era poder embarcar al exilio, se fue concentrando en los muelles de Levante, entre la dársena y la playa del Postiguet. En el puerto ya no encontraron ningún barco, pero todos creían o querían creer todavía en la promesa de que llegarían. Comenzó entonces una desesperante espera en el último trozo de tierra simbólicamente controlado por la República.

Esas esperanzas, sin duda, se vieron alentadas por la llegada a Alicante del diputado comunista Charles Tillon y del periodista André Ulmann, como se ha dicho, miembros del Comité de Ayuda. En Alicante se pusieron en contacto con los dirigentes del Frente Popular, que se fueron improvisando en el puerto, y con las autoridades consulares en Alicante, especialmente con el cónsul francés M. Anfossy, el argentino Eduardo Barrera, que hacía las funciones de decano, y con el cubano Juan Monegal.

El cónsul Anfossy les transmitió las muchas dificultades que tenía para comunicar al gobierno francés la situación desesperada que se vivía en Alicante, decidiendo que André Ulmann tomara la única plaza que quedaba del avión de Air France, para regresar a París y explicar a la opinión pública internacional la necesidad de actuar con la máxima urgencia para salvar del fascismo a los refugiados en el puerto de Alicante.

En el puerto se había formado una Junta de Evacuación presidida por el coronel Ricardo Burillo Stoller con representantes de los distintos grupos del Frente Popular. De esa forma, entre el miércoles 29 y buena parte del jueves 30, la vida en el puerto discurre entre febriles gestiones para saber de la llegada de barcos y organizar a los miles de refugiados, que apenas vienen con lo puesto, vencidos y exhaustos, casi sin alimentos que hay que repartir; hombres de todas las edades y condición, familias enteras, mujeres y niños, algunos casi recién nacidos. Se producen encuentros insospechados, abrazos emotivos entre paisanos y camaradas de armas. Por afinidades de todo tipo se van formando grupos que se ayudan, reparten viandas y matan el tiempo charlando de trivialidades o de la derrota apenas asumida y -sobre todo- del incierto y negro destino, del delgado hilo del que penden sus vidas.

Miles de refugiados en el puerto esperando barcos que nunca llegarán

Se han mencionado cifras muy diversas de los que estuvieron en el puerto. A buen seguro que fue una masa cambiante, porque hasta la noche del día 30 no se produjo el cordón militar que cerró el recinto. No es por tanto ninguna exageración decir que, concretamente en esos dos días, pudieron concentrarse hasta 20.000 o más refugiados. Después, los sucesivos informes nacionalistas los reducen a entre 12.000 y 15.000. En un primer comunicado del mando ocupante se mencionan 600 mujeres y niños, pero en otro posterior se eleva ya la cifra a 2.000.

El puerto de Alicante se convirtió en un microcosmos de lo que había sido el Frente Popular: los restos de un inmenso naufragio social colectivo, de los que han permanecido fieles en sus puestos hasta el último momento: «He ido al puerto –apunta Eliseo Gómez en su diario el día 30-. Una enorme y abigarrada multitud en la que figuraban miles de soldados del disuelto ejército republicano, daba una impresión lastimosa. Hombres, mujeres y niños aguantan a pie horas y horas la llegada de un hipotético barco que los ponga a salvo de la que imagina sed de venganza del enemigo de ayer».
Presos republicanos en la estación de Murcia esperando su traslado al campo de concentración de Albatera

Todo podría posiblemente soportarse, mientras no se quebraran las esperanzas. Pasaban las horas sin que llegaran los ansiados barcos, las fuerzas fallaban y los ánimos se iban hundiendo al paso de las horas. Hubo quien perdió la razón, como aquel pobre hombre -que muchos recuerdan todavía estremecidos- encaramado durante horas en lo alto de una farola o de un poste de la luz gritando frases inconexas de un sino trágico y siniestro: «¡Los fascistas nos matarán a todos no quedaremos ninguno para contarlo!»

Mientras, se consumaba la llegada de las fuerzas expedicionarias italianas encargadas de la ocupación de Alicante. Desde el puerto los refugiados oyeron sus cánticos y los gritos de «¡Duce, Duce, Duce!», cuando se acercaban por la Explanada de España hacia el puerto. Inmediatamente formaron un cordón militar para cerrar las entradas y salidas del recinto portuario. Para todos los refugiados, los legionarios italianos eran la imagen presente y real del fascismo que habían combatido durante casi tres años.

Entonces sintieron que todas sus esperanzas eran vanas, definitivamente solos, olvidados, traicionados, atrapados en la ratonera del puerto a merced de los ocupantes. Comenzaban las horas más amargas ¿Qué hacer? Resistir o entregarse era el único dilema, pues todos sabían que la resistencia sólo serviría para añadir más sangre inútil a tanta ya derramada. Fue esa noche cuando empezaron realmente los primeros suicidios, que continuaron en un contrapunto trágico hasta la misma madrugada del sábado 1 de abril.

Sin embargo, todavía parecía quedar un débil hilo de esperanza. Nos referimos a los esfuerzos del cuerpo consular en Alicante y de los miembros de la Comisión de Ayuda, para convertir la zona del puerto en una zona neutral, con un estatuto de extraterritorialidad, en espera de la llegada de los barcos, que supuestamente habría sido aceptada por las primeras autoridades franquistas de Alicante y por el propio general Gambara, el jefe de las fuerzas ocupantes. Sólo aportar algunas certezas básicas a la luz de los mensajes cruzados entre el Mando del CTV ocupante y el Cuartel General de Franco, de las declaraciones de Charles Tillon –que se entrevistó con el propio Gambara- y que acabó siendo detenido.

La primera es que ni el mando del Ejército del Centro, bajo la jefatura del general Saliquet, ni el Cuartel General del Generalísimo aceptaron nunca la llamada Zona Neutral, ni consintieron el acercamiento de buques en tareas de evacuación. Al contrario, la orden inicial de Saliquet a Gambara fue terrible: «Redúzcanlos por la fuerza de las armas». En un comunicado posterior al Cuartel General de Franco, Saliquet reconocía que Gambara había preferido esperar, consiguiendo la rendición y entrega de todas las armas. Otros comunicados de Gambara defendían la actuación de los soldados italianos y en uno de ellos se decía: «un disparo de fusil no ha salido del CTV. Esta es la santa verdad».

La otra certeza es que –pese a unas posibles dudas o tolerancia inicial de los mandos italianos- en las horas decisivas, Gambara fue tajante y claro en su entrevista con Tillon, el cónsul francés y el coronel Burillo. Ante la propuesta, según recordó Tillon, Gambara ofendido le dijo: «Ni una palabra. Salga. Usted osa venir aquí a defender a comunistas, a criminales Salga». A renglón seguido, él y el cónsul francés fueron detenidos por incitación a la resistencia, recluidos en el edificio del consulado de Francia bajo vigilancia hasta el 25 de abril, según el testimonio de Tillon, día en que la Embajada francesa les anunció que serían repatriados.

El viernes 31 de marzo las llamadas a la rendición eran absolutamente conminatorias, pero si por tierra está todo perdido, todavía podía quedar la esperanza de escapar por el mar. Pocos lo creían ya, pero de hecho la noche anterior se habían divisado luces de barcos que se acercaban y se alejaban o que atravesaban la bahía. Los barcos podían estar frente a Alicante.

A mediodía del 31 vieron con toda claridad las siluetas de dos barcos aproximarse por primera vez, pero pronto identifican en la proa de uno de ellos la bandera nacional rojigualda. Cuando enfilan la bocana del puerto ya no caben dudas, son barcos de guerra pero españoles, el Vulcano y el Marte, minadores de la Escuadra franquista, con dos batallones españoles, el 121 y 122 del Cuerpo de Ejército de Galicia adscritos al Ejército de Levante.

Amarran en el otro muelle, donde antaño estuvo el puerto pesquero, siendo el desembarco de las tropas perfectamente visibles para los refugiados. Todos comprenden que es el final, como dirá Eduardo de Guzmán: «La muerte definitiva de la esperanza». Unos dicen que un silencio sobrecogedor, como de estupefacción, se extendió por todo el puerto. Otros, que se oyeron muchos gritos y llantos de desesperación.

Hay quien ya decide quitarse la vida y poner fin a tanto suplicio. Uno de ellos fue Francisco Oliver, alcalde de Alcira, que se cortó el cuello de un gran tajo con una navaja de afeitar, dejando espantados a quienes estaban a su alrededor. La conmoción debió ser tremenda porque en pocos segundos se extendería la terrible noticia, sobrecogiendo el ánimo de todos.

¿Cuántos suicidios hubo en el puerto?

Se han dado los datos más dispares, incluso por el propio mando italiano, que en un primer comunicado del día 1 de abril habla del suicidio de 68 milicianos, pero en el parte del día 4 se mencionan 22 suicidios, después de reconocer que el asunto del puerto había pasado por fases verdaderamente dramáticas.

En el libro de Registro del Cementerio de Alicante entre el 31 de marzo y el 1 de abril constan dos registros sospechosos de suicidio, porque en contraste con los otros apuntes no se menciona más que el nombre en un caso y en el otro se utiliza el epígrafe «Desconocido». Del 3 al 5 de abril se registraron siete casos con el epígrafe «Un suicida», indudablemente del puerto. Después, el 9 de abril hay un registro de cuatro fallecidos bajo un epígrafe de «Judicial» y ya el 21 de abril un registro más que especifica «Militar del puerto». Por último, el 24 y 27 de abril se registran dos cadáveres más, bajo el epígrafe de «Desconocidos» y «Judicial».

Por tanto y resumiendo, ocho casos serían suicidios del puerto de forma incontestable, los apuntes del 3 al 5 de abril citados y el del 21 de abril. A ellos se les podrían añadir ocho más, presumibles con bastante certeza, lo que haría un total de 16 suicidios, que se acerca a la estimación proporcionada por el mando italiano. Siempre caben otras especulaciones, pero estas son las cifras hasta que otras fuentes más fiables y rigurosas las confirmen o desmientan.

Volviendo a los hechos, los soldados españoles sustituyeron rápidamente a los italianos en el puerto. Cumplido el plazo de forma inexorable, a eso de las seis de la tarde, comenzaron a salir en largas filas los republicanos del puerto. Cacheados y despojados de muchas de sus pertenencias, fueron conducidos, flanqueados por soldados, hasta un campo de concentración improvisado al aire libre a apenas dos kilómetros del puerto, en la carretera de Valencia, en unos bancales de almendros, en las laderas de la Serra Grossa.

Allí se hacían cargo de ellos otra vez los soldados italianos. Cuando anocheció se interrumpieron las tareas de evacuación del puerto, quedando aún en su interior unas dos mil personas, seguramente los más comprometidos, o los que querían sentir unas horas más el orgullo y la dignidad de ser los últimos resistentes de la maltratada República Española.

Cuando amanece y los preparativos de la salida son ya inminentes, dos hombres enlazan sus manos y se disparan un tiro en la cabeza. Son Máximo Franco y Evaristo Viñuelas, anarquistas, comandantes de la 127 Brigada Mixta y Comisario de la 28 División. Es su última protesta contra el fascismo.

A las 9 de la mañana del día 1 de abril salían del recinto los últimos resistentes republicanos, concluyendo uno de los episodios más dramáticos de los tantos vividos en nuestra incivil guerra. Ahora «El Caudillo» podía dictar el último parte de guerra: «Cautivo y desarmado el Ejército Rojo€» La guerra había terminado, también en Alicante, pero no «al paso alegre de la paz», al menos para los vencidos.
Un recién nacido en el puerto de Alicante
Testimonio de Carmen Caamaño Díaz.. Entrevista 23/3/1993

«Di a luz en Alicante el día 19 de marzo de 1939, en casa de un médico amigo que nos acogió, asistida por el doctor Ramos. Estaba muy débil y apenas me podía mover hasta que llegó el momento de que se sabía que estaban a punto de entrar los nacionales y entonces yo dije:-Me pongo en pie como sea, porque hay que marcharse. Me preparé, cogí al niño y fuimos al puerto.

En el puerto empezó a llegar gente y me dijeron: -hemos visto a Ricardo, por ahí anda Ricardo (su esposo había llegado al puerto desde el frente con la masa de fugitivos) Y a él: -Por ahí hemos visto a Carmen con el niño. Y en ese desbarajuste logramos encontrarnos mi marido y yo. Mi marido no conocía al niño, mi marido se encontró con el niño en el puerto de Alicante. Nunca olvidaré la frase que dijo: - Ahora ya nos podemos morir los tres juntos.

Yo me encontraba tan hecha polvo, que ni siquiera tenía capacidad para reaccionar. Me encontraba como si el mundo entero se me hubiera caído encima y hubiera sido una catástrofe espantosa. Veía a mi hijo y decía: - ¡Qué va a ser de esta criatura! Porque en ningún momento creí que saldríamos con vida de aquello... está en mi recuerdo como un cuadro dantesco, porque cada uno estaba tan derrotado personalmente. Veíamos suicidios y pensábamos que habían tomado una buena decisión, porque al final se iban a ahorrar todo lo que sabíamos que nos esperaba. Veías matarse a la gente y decías: -Que bien si yo tuviera el valor de quitarme de en medio.

No comíamos nada, alguna cosa que nos daban otros. Me acuerdo que vinieron con un vasito de leche, para ver si el niño tomaba de aquella leche, porque a mí con el disgusto, se me fue la leche y no había nada para darle de comer. Se la dimos y enseguida la devolvió. El niño lloraba desesperado y no sabíamos qué hacer con él, porque lloraba sin parar.

Entonces llegaron los italianos y mi marido y yo íbamos con el niño entre las dos filas de los italianos, pero las filas se acabaron y nosotros seguimos andando, y viendo que nadie nos decía nada seguimos sin que nadie nos detuviera. Llegamos al pueblo de San Juan, con tan mala suerte que unos falangistas nos detuvieron sin cargos, porque dijeron que nos conocían de la guerra y que algo habríamos hecho. Nos llevaron al Gobierno Civil y pasamos dos noches en Comisaría, y al tercero nos llevaron al Reformatorio.

Estuvimos juntos un día, pero al siguiente a mi marido se lo llevaron por un lado y a mí y al niño por otro. Yo no recuerdo que cuando llegamos al Reformatorio hubiera alguien además de nosotros tres. En Comisaría nos habían dado algo de comer, pero no había leche para el niño. En el Reformatorio, a fuerza de dar voces y gritos, vino un hombre y yo le dije que no pedía nada para nosotros, pero que le trajera algo al niño. Nos llevaron el agua y creo que algo de leche en polvo o condensada. Encendimos un fuego con papeles para calentar el agua y con una cuchara hecha de papel le íbamos dando la leche, y así paró de llorar».

Fuente del texto: diarioinformación
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Publicado: Por: ancilo59 - marzo 28, 2020